La Glorieta de Goya es un espacio del Parque de María Luisa de Sevilla, estando ubicada entre las avenidas de Portugal, del Gran Capitán y de Isabel la Católica, estando próxima a la Torre Norte de la Plaza de España.
| Glorieta de Goya |
Durante la Exposición Iberoamericana de 1929, éste espacio estuvo ocupado por el Pabellón de la Quinta de Goya, que recreaba la Quinta del Sordo, la casa madrileña en la que residió Goya, y las 2 columnas de 4 metros que le dan entrada desde la avenida de Isabel la Católica, son los únicos restos del citado pabellón y que procedían del Palacio de la Inquisición de Madrid.
La Glorieta de Goya está situada cerca del Monumento a la Raza y la Plaza de España.
Cuentan que en la primavera de 1929, pocos días antes de la inauguración de la Exposición Iberoamericana, un joven pintor de brocha gorda llamado Manuel recibió el encargo de repasar las estructuras de la glorieta. Manuel no era un artista, pero tenía un secreto: era capaz de ver matices que el ojo humano suele ignorar.
Mientras descansaba frente al busto del maestro Francisco de Goya, Manuel notó algo extraño. La luz de Sevilla, al filtrarse por las copas de los eucaliptos y las palmeras, chocaba contra el banco central de una forma antinatural. No era un reflejo dorado ni blanco; era un tono de violeta oscuro y eléctrico, un color que Goya solo había usado en las sombras más profundas de sus Pinturas Negras.
Curioso, Manuel acercó su mano a la piedra. Al tocarla, el parque guardó un silencio absoluto. El trino de los pájaros se detuvo y el aire dejó de oler a azahar para oler a óleo fresco y tormenta.
Frente a él, sentado en el banco de azulejos, apareció un hombre de baja estatura, con casaca oscura y el rostro marcado por los años y la sordera. Era el mismísimo Goya, pero no de mármol, sino de carne y cansancio.
"No busques el color en la luz, muchacho", dijo el espectro sin mover los labios, pues su voz resonaba directamente en la mente de Manuel. "El verdadero arte de esta ciudad no está en el sol que todo lo deslumbra, sino en lo que la sombra intenta esconder".
El fantasma de Goya le explicó que había sido "atrapado" en esa glorieta no por el homenaje de Sevilla, sino por un error en el diseño de los azulejos. Uno de los dibujos recreaba una escena de sus grabados de tal forma que, bajo la luz exacta de las cinco de la tarde, se abría una grieta entre el Madrid de 1800 y la Sevilla del siglo XX.
No quería que lo recordaran solo por las majas o los reyes. Quería que alguien supiera que, en un rincón de Sevilla, él había encontrado por fin la paz que el ruido de la guerra le quitó. A cambio, le entregó a Manuel un pincel pequeño, hecho con cerdas que parecían hilos de plata.
Cuando Manuel parpadeó, el viejo ya no estaba. Sin embargo, en el banco de la glorieta, justo donde el sol incidía, apareció una pequeña mancha de ese color violeta imposible.
Manuel nunca llegó a ser un pintor famoso. Sin embargo, se dice que durante décadas, todos los carteles y cuadros de las fiestas de Sevilla tenían un "brillo" especial, una profundidad en las sombras que nadie sabía explicar. Era el "Pincel de Goya", que Manuel usaba para retocar los cielos de la ciudad cada noche de luna llena.
Hoy en día, si visitas la glorieta y te sientas en el banco izquierdo cuando el sol empieza a caer, presta atención a las sombras de los árboles sobre los azulejos. Si ves un destello violeta que no parece pertenecer a este mundo, es que el maestro todavía está allí, disfrutando del silencio del parque que, por fin, le permite descansar.