El pabellón Domecq se encuentra en el Parque de María Luisa de Sevilla cerca de la Glorieta de Covadonga y es el antiguo Pabellón de la empresa bodeguera jerezana Domecq, en la Exposición Iberoamericana de 1929. Es obra del arquitecto Aurelio Gómez Millán y es un edificio neoclásico de ladrillo visto, siendo construido en un lugar céntrico dentro de la exposición y con intención de permanencia, motivo por el que se salvó de la demolición que si sufrieron otros pabellones comerciales de la muestra. A la inauguración del pabellón acudieron el rey Alfonso XIII con su familia, así como el presidente del gobierno.
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| El Pabellón Domecq |
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| El Pabellón Domecq |
Cerca del pabellón Domecq encontramos la Glorieta de Covadonga.
En el otoño de 1929, don Pedro Domecq no solo buscaba promocionar sus mejores caldos. En una pequeña sala circular, oculta tras las vitrinas de botellas de Jerez, trabajaba Julián, un "nariz" de la casa con una obsesión particular. Julián no quería destilar uva; quería destilar el tiempo.
Sostenía que el aire de Sevilla, cargado de azahar y el polvo de los carruajes, atrapaba las emociones de los visitantes de la Exposición. Convenció a la familia de instalar en la cúpula del pabellón un sistema de tuberías de cobre imperceptibles que aspiraban el aire del Parque de María Luisa.
Una noche de octubre, un vigilante del parque entró en el pabellón buscando refugio de una tormenta eléctrica. Encontró a Julián frente a una extraña alambique de cristal.
— ¿Qué busca, maestro? —preguntó el guarda.
— La esencia del adiós —respondió Julián sin mirarlo—. Este pabellón es el punto de encuentro de miles de personas que jamás volverán a verse. Ese sentimiento tiene un aroma.
Julián extrajo una gota de un condensador. No era ámbar como el brandy, sino de un azul eléctrico, casi transparente. La depositó en una copa de cristal de Bohemia y se la ofreció al guarda. Al olerla, el hombre no sintió el alcohol. Sintió, con una nitidez aterradora, el primer beso que le dio a su esposa hacía veinte años, el sonido de una guitarra que oyó en Triana y el frescor de una fuente que ya no existía.
El éxito fue tal que, durante semanas, los altos cargos de la Exposición visitaban el Pabellón Domecq no por el vino, sino por "la cata de lo invisible". Se dice que incluso la Reina Victoria Eugenia salió de allí con los ojos empañados, murmurando un nombre que nadie reconoció.
Sin embargo, cuando la Exposición clausuró en 1930, Julián desapareció. El alambique fue desmontado y las tuberías de cobre se fundieron. Pero la leyenda entre los jardineros del parque dice que el experimento dejó una secuela: la porosidad del edificio.
Se cuenta que, en las noches de luna llena, el Pabellón Domecq "exuda" los recuerdos de 1929. Si te pegas a sus paredes blancas y cierras los ojos, el olor a brandy se mezcla con el perfume de las damas de época y el eco de risas que tienen casi un siglo de antigüedad.

