Preside la Glorieta la denominada Fuente de San Diego y en el centro tiene una estructura de 3 arcos, donde en el vano central hay una imagen simbólica de Hispania ataviada con una túnica y un manto.
Fuente de la glorieta de San Diego
Estatua lateral de la glorieta de San Diego
En el vano derecho hay una escultura titulada la riqueza espiritual de Sevilla, y en el vano izquierdo hay otra titulada la riqueza material de Sevilla siendo ambas esculturas de Enrique Pérez Comendador.
Estatua lateral de la glorieta de San Diego
Cuentan que durante la Exposición Iberoamericana de 1929, un joven jardinero llamado Julián encontró a un hombre de ropajes anacrónicos sentado en el banco de la glorieta. El hombre no miraba los pabellones, sino que sostenía un libro cuyas páginas eran transparentes como el agua.
Julián, curioso, le preguntó qué leía. El extraño, que decía llamarse Diego (pero no el Santo, sino un "custodio"), le explicó que la Glorieta de San Diego no era solo una entrada al parque, sino el pulmón de los recuerdos de Sevilla.
Según la leyenda, los árboles de esta glorieta no solo filtran el aire, sino que atrapan las conversaciones de todos los que pasan por allí. Diego le reveló a Julián tres secretos sobre este rincón:
El eco de los deseos: Si te sitúas exactamente en el centro de la glorieta cuando el viento sopla del sur, puedes oír los susurros de las parejas que se despidieron allí antes de partir a América hace un siglo.
La tinta de savia: Cada vez que alguien escribe un poema sentado en sus bancos, las raíces de los árboles absorben las palabras, haciendo que las hojas crezcan con formas ligeramente más puntiagudas o redondeadas según el sentimiento del verso.
El Guardián Invisible: Diego no era un fantasma, sino una manifestación de la propia ciudad, encargada de que las historias de amor nacidas bajo esos árboles nunca se olvidaran.
Julián pasó el resto de su vida cuidando esa glorieta con un celo especial. Se dice que antes de jubilarse, enterró una pequeña caja de madera bajo el seto principal. No contenía oro, sino cientos de papelitos en blanco.
"Para que el viento escriba lo que los sevillanos no se atreven a decirse a la cara", dejó escrito en su diario.
Hoy en día, muchos dicen que si pasas por la Glorieta de San Diego un martes al atardecer y ves una hoja de eucalipto caer directamente sobre tu hombro, no es casualidad. Es el "Bibliotecario" entregándote una historia que alguien dejó olvidada allí hace décadas.